domingo, 24 de mayo de 2020

Soltar el dolor de la ausencia

Sentir la ausencia de todas las maneras,
sentirla día tras día, sentirla
        sin poder nombrarla.

¿Cómo usar una misma palabra
para todas las cosas en las que se manifiesta?
Porque, además, es evidente en cada cosa,
en cada momento; en ese gesto de mi rostro
        cuyo origen ignoro.

Y pasar tanto tiempo sin saber que esta
        ineptitud
para comprender la necesidad de espacio
propia de las otras personas es el efecto
de una emergencia particular de la misma
        ausencia.
Creerse incapaz de amar, cuando
solo se trata de una nueva forma
de la memoria de aquella ausencia.

Saberse abandonado, aunque lleno de
        Dios;
pero, abandonado. ¡Ay, qué dolor!
Y al mirar alrededor, de una, de otra y
de todas las maneras reencuentro
        la ausencia:
Mis hermanos no lo son del todo.
Las pupilas de mi madre reflejan un
fantasma de lo que intenta olvidar.

¿Cómo iba yo a avanzar, si las huellas
de mis pasos se trazaban en la ausencia?

¡Mas, ahora ya lo sé!, y que están
        mis manos
labrando, arando, orando, haciendo
tierra firme sobre la cual apoyar
        mi propio pie;
este pie cuyos huesos y músculos,
y arterias, y sentido… tendré que hacer
por mí mismo, letra sobre letra.

sábado, 2 de mayo de 2020

Mar para marineros

Hoy será nuestro primer día
De sentirnos cansados…
De preferir estar solos que juntos.
De sentir nuestras tormentas… y
Aferrarnos, cada cual, a sus convicciones.

Aun así, no dejaremos de encontrarnos.
Alcanzaré tu mirada en mi corazón.
Quizás tú me veas en el tuyo,
Tal vez, también sientas tristeza
Y las lágrimas vuelvan a rodar
Por tus dulces y hermosas mejillas.

Pero, también hoy, por primera vez,
Sentiremos, en medio de nuestras tormentas,
Que alguien allá, afuera, del otro lado,
Sabe en su alma, que estamos aquí.
Y nuestro llanto se tornará dulce.

Sabremos que nada puede arrebatarnos
Nuestras amadas tormentas, y estará bien.
Porque, además, descubriremos
Que hay una nueva manera de habitarlas.
Una manera extraña, sorprendente, que
Siempre anhelamos, y que sí… ¡Existe!

domingo, 14 de abril de 2019

Cándido

¡Es tan feliz!
Casi parece un idiota.
Ante su mirada, todo florece.

Todo es fruto
Y existe para saciar
Su antojo.

Suspendido, en el centro de su ombligo
Una manzana sostiene en una mano
Con la otra apunta a su cráneo.

Flor y verdor.
Ramas pesadas… densas.
Se acerca a la fruta

Escucha sus ágiles pisadas

Se agacha
Toma la fruta y eleva la mirada
Mientras muerde.



Bogotá
14 de abril de 2019

miércoles, 20 de junio de 2018

SOBRE LA PLASTICIDAD DE LA LETRA

Veo a mi madre

Palitos y bolitas
en el cuaderno ferrocarril.
Así me dice que debo hacerlo:
Ahora,
la letra a.

Primero me enseña
a trazar las vocales.
Después, el abecedario.
Bolitas y palitos.
Un día ha pasado
y entramos ya
en lo más misterioso:
el número uno.

Bolitas, palitos,
vocales, abecedarios
y números.
Aprendo, así,
la materia primordial:
cómo salir de sí

o, como en el ajedrez,
cómo llegar al corazón
de quien me llama
al combate, al diálogo,
a la danza de ser.


Tecleo la máquina de escribir

Tac, tac, tac…
Cada golpe de un tipo
sobre la hoja en el rodillo
suena como un paso determinante
en la marcha hacia lo irremediable.

Taca, taca, taca, tá…
Tal vez como un latido del corazón:
sístole, el dedo pulsa la tecla
diástole, el tipo pisa la cinta.
Una letra tras otra
las palabras fluyen como la sangre.


Llega una noche triste

De Los heraldos negros
aprendo, también,
lo que pueden las manos
si disponen de arcilla.

Lavarla, cernirla, dejarla secar…
Amasarla…
Moldear algún ser
llevarlo al horno
(cuidar que no se queme en la puerta).
No ser Dios
pero intentar comprenderlo.

Aunque se sepa imposible.
Buscar su chispa en sí.
Poner el esmalte a la pieza.
Cuántos poemas he visto explotar
en el horno, antes que nadie
alcance a escucharlos.

Pero cuando se logra
el equilibrio
entre la materia y el fuego
el poema emerge.

“Las más antiguas huellas de las letras
de que se tiene registro
se conservan en arcilla”.
Me comenta el maestro que,
esta triste noche fría,
me lee los poemas de
César Vallejo.

Aprendo
La inmortalidad de la masa.
Me inicio
una vez más
en los misterios del material
y en los secretos del oficio:
La poesía se escribe 
con todo el cuerpo.

Comprendo.
Con la letra,
como con la arcilla,
la vida se erige 
contra la gravedad.


En la imprenta

Junto a las máquinas
acomodo en el molde
los tipos de plomo.
De alquimia tiene la imprenta.

Con este molde,
aprendo la palabra “justificar”.

Me unto de tinta los dedos
al entintar los rodillos.

En esta plancha gigante
que prensa la hoja a la tinta,
ideas divinas y verdades sagradas
trasmutan letra
y se elevan como la luz
para iluminar al mundo.


Alejandra

Las llaves y las zapatillas
de la flauta traversa,
Alejandra,
son también una pieza
de iniciación
en mi trasegar
por la plasticidad de letra.
Las yemas de los dedos
anteceden a la poesía.


Aquiles

Acaricio las teclas
de mi primer ordenador personal,
Aquiles.
Cómo resistir a la tentación
De teclear un poema.

“Este será mi primer poema”, pienso.
Pero, no; 
es solo un intento,
otro ejercicio.

Investigo el material
amaso la letra
con la ilusión de dar 
una forma al alma.

domingo, 26 de marzo de 2017

El carácter simbólico de nuestras acciones

En principio
Pareciera que actuamos
En respuesta a cierta necesidad evidente.

Nos consideramos libres
Creemos tomar decisiones
Para resolver el reto del momento.

Plenos de inteligencia
Atamos nuestro pensamiento
A la inminencia de la circunstancia.

Creemos responder naturalmente;
Decimos creer, saturados de duda.
Dogmáticos; encubrimos lo planeado.

Pedimos perdón y seguimos callando.
“Preferiría no hablar de eso”, decimos.
Despojamos de fe nuestros pensamientos.

Despojamos de razón, nuestros sentimientos
Y nos lanzamos a la muerte, hastiados
De la vida. Inconformes con ese amor

Tan diferente a lo que esperábamos.
Vamos dando tumbos por la vida
Tanteando a ciegas, sordos, infalibles.

Finalmente decidimos marcharnos
Decidimos morir aunque sea un poco
Nos aislamos y lamentamos la soledad.

Vemos cómo se asfixia el amor
Tristes. Enfermos. Lloramos.
Nada más hacemos.

Nos lamentamos
Ante la injusticia del mundo
Cerramos la puerta, la ventana.

Y apagamos la luz.


*Este poema también podría titularse “Es que a veces somos bien tontos”.


Bogotá, marzo 26 de 2017 


viernes, 14 de octubre de 2016

El portón verde

Sobre las calles de neón iluminadas, cuerpos diversos se desplazan. Un ser humano particular, llámese como se quiera, se detiene en una esquina cualquiera; levanta la mirada, contempla en el fondo de los rascacielos la huella de luz de una recién nacida luna creciente y habla con la luna o consigo mismo algunas palabras ininteligibles. Camina unos pocos pasos, abre un portón verde. Saluda con un gesto de agradecimiento al portero y afirma tenso el ritmo de sus pasos. Toma el umbral del tercer piso; abre una puerta, la cierra; abre otra, igual. Sigue adelante y, antes de abrir la tercera puerta, se detiene, acerca el oído. Se devuelve. Camina más rápido. Baja corriendo las escaleras y no mira al portero al salir. Ni siquiera alcanza a sentir el frío del picaporte metálico del portón verde de madera que cierra con toda la fuerza de la velocidad de sus pasos. Los transeúntes fijan de inmediato su atención en el ruido exagerado que causó en la acción de cerrar el portón: las miradas coinciden en la expresión de desagrado. Entonces corre hacia la izquierda, hacia el Sur, corre acelerando más y más los pasos, cruza la calle y dobla hacia el Occidente, para escapar por fin del yugo de las miradas. Los transeúntes vuelven la atención cada cual a sus asuntos y el portón verde cae, y se hace trizas al chocarse contra el suelo.

Óscar Enrique Alfonso
Febrero de 2000

martes, 20 de septiembre de 2016

Uno siente tu ausencia

Uno se levanta

Va al trabajo.
Hace humildemente
la labor que le encomiendan.
Mas, al regresar a casa,
encuentra que el cajón está vacío.

Uno huele la tristeza.
La mide; entra en el propio corazón
y empieza a medir la eternidad del vacío
que le deja, al irse, aquella persona a quien uno ama.
Y sigue amando.

Uno llora de soledad;
llora sin lágrimas;
llora mientras ríe.
Llora sin decirle a nadie.

Sale a las calles

Se bebe una cerveza.
Recuerda que hubo un tiempo
en que fumaba.
Desea fumar. Comprende
que no hay nada que cure

su sensación de abandono.
Uno sabe
que seguirá adelante;
aunque una sombra más
nublará sus sonrisas.

Uno sabe

que tiene tanto qué hacer,
y que tiene que seguir
aunque día tras día
el corazón se vaya agrietando.

Uno sabe lo irremediable.
Uno piensa

esa sensación de cabello en las manos,
esa mirada hermosa;
con el alma llena de Dios.
Uno deja caer las lágrimas.

Ruega a Dios.
Que cuide de aquello que es amado.
Que lo lleve con bien...
Y que le conceda la bendición
de traerlo de nuevo
Cuanto antes,
mejor...
Eso sí.


Óscar Enrique Alfonso
Septiembre de 2016.

domingo, 24 de julio de 2016

Canción de los trasteos que se postergan

No es amor
Pero se parece tanto.

Bastaría con irse.

Cajas con libros
Cajas con cuadernos
Cajas con lápices
Cajas con esferos

Y hay taanta memoria divagando.

Nada más lo necesario.
Pero se necesita siempre más.

Tal vez melancolía
Pero el presente
Atiborrado de presagios,
Fantasías, vanidades...

“Acaso nostalgia”
Pero el tiempo, es tanto.

Bastaría salir a andar.

Cajas con discos,
Cajas con murmullos
Con huellas, con restos
Cajones con sus besos

¿Dónde empacar 
Aquella imagen de su cuerpo
Bajo la luz de este único sol
Junto a esta chimenea?

Todo esto es lo pasajero
Y es taan pasajero,

Y no es el mundo,
No es el continente,
Ni es el país,
Ni la región,

Ni el universo, por supuesto;
Sólo es La Ciudad.

Nada
Ni siquiera un suspiro del dragón
De veintiséis mil millones de millones
De soles perceptibles.

“Sólo lo necesario”
Pero es siempre taanto.

Bastaría con los pies.

Caja con dentífrico
Caja con jabón
Caja con toallas
Cajas con ropas limpias

Y hay taanta ropa sucia.

"Un poco más de cajas"
¿Dónde está el camión?, ¡hay tanto!

Bastaría con el viento

¿Cómo arrancar su voz de las paredes
Recoger sus pisadas del tapete
Doblar el tejido de sus miradas al cielo
y empacar su sombra, sus reflejos?

Los perros son el eco de sus ladridos
Los pájaros, la voz de la madrugada
Los vecinos, la persistencia de lo efímero
y los gatos...

Son la llovizna en el tejado
El maullido de la noche

El amor y la furia.

Noche detenida
Reiteración de las noches

Cajas con libros
Cajas con cuadernos

Y una vez más
Se posterga el trasteo.

Bastaría con irse

Pero se parece al amor
Se parece tanto.

Óscar Enrique Alfonso
Bogotá, 21 de enero de 2000.

sábado, 23 de julio de 2016

Leer poemas

Suscitando a Heidegger: “buscar el hablar del habla en lo hablado”

I. Parte. ¿Cómo alcanzar esa forma del habla que es la poesía?

1. En general, y con lamentable frecuencia, lo hablado viene a nuestro encuentro sólo como un hablar pretérito. Pero cuando buscamos el hablar del habla (leemos) en lo hablado (el poema) –decía Heidegger –hemos de encontrar cierto hablado puro. No se trata, en este caso, de un hablado cualquiera.

2. En el poema, el habla habla. Luego, leer el poema tendría por fin alcanzar el hablar del habla; de tal manera que ese hablar advenga como aquello que otorga morada a la esencia de los mortales. Hablar. No expresar.

3. Cuando el humano habla la naturaleza poética de su lenguaje, la humanidad se vislumbra promesa del habla. La expresión humana no siempre representa y expone lo real y lo irreal; así lo prueban el carácter pictórico y simbólico del habla.

4. En el poema, el lenguaje es. Leerlo es ir y volver, en un ‘zigzagueo’ aterrador, entre la caída de una torre creciente [Babel] y lo que al parecer son sus ruinas [en forma de caverna]. Leer el poema es cuestionarlo; como cuestionar a un otro, que nos acompaña, un otro con quien se convive profunda y permanentemente. 

5. El lector de un poema se sustrae [debe sustraerse] del circuito del consumo de entretenimiento; se aleja de la sociedad del espectáculo. Se libera de la inercia inmóvil del presente discreto. Eterno, puede empezar a construir, a transformar. Lector de poemas y consumidor toman rumbos existenciales divergentes: la humanidad, promesa del habla, ó el placer efímero de cierta presencia que se agota en cualquier adjetivo ajeno, insustancial, lectura en vano. Es el dilema de Hamlet.

6. El poeta es un alambre. Maleable se retuerce, a pesar suyo, y se aleja de sí; ya no se pertenece. Así, en tanto su habla discurre, el lenguaje, que ya se ha desligado de él, deviene pensamiento del lector. Esférico, espejo infinito; el poema resulta reflejo dinámico de rostros innumerables.

II. Parte. Breves búsquedas del hablar del habla

"Un hablado puro es aquel donde la perfección del hablar, propio de lo hablado, se configura como perfección iniciante. Lo hablado puro es el poema". 
                                                                                                    (Heidegger, 1990)

7. Seishi
"En el momento
en que la pena llega a su culmen,
alguien parte una rama seca".

Escucho el crujido de esa rama en su tenso quebrarse. Un macizo de emociones, la naturaleza percibida y el instinto cantan en coro, en la inmensa catedral, grabando sobre los blancos muros las huellas de su intermitencia. Intuición: ecosistemas transitorios en que la dualidad se diluye, entorno y corazón actúan según idéntico criterio. Algo hay además: en ese presente audible, se anudan la retrospectiva de una pena con la cálida fogata que se anuncia. Sincronía.

8. Danza
"¿Qué voz hace crujir el vestido de seda
de esta noche y entreabrir los muslos tiernamente
y desnudar su espalda de mujer?
Parece ser el canto ebrio de bacantes
o el susurro lejano de una viuda
o la lluvia entrecortada de una novia.
¿Qué voz extraña hace que el perro se levante y dance,
y la luna galope en el lomo de un caballo,
y el lago abra su ojo cristalino más que nunca?
¡Levántate, amor! La noche espera ser ungida
de vinos y perfumes,
sacrificada como una diosa frágil 
entre los brazos de la tierra."                  
                                   (Orietta Lozano)

El hablar más puro se instaura bailarín en el filo del mundo, motivando una alegría semejante a la del tacto en su contacto con la seda: Un susurro, una llovizna y como un perro que baila, erguido el lenguaje galopa equinas fantasías; dibuja tardes de tormenta, ríos caudalosos, lagos de sentimientos húmedos y profundidades oceánicas. “¡Levántate, amor!”: El poeta quiere hablarle a su poesía; mas esa poesía no le pertenece, lo ha conquistado, ocurre mediante el músculo de ese brazo y la tensión anatómica de esa mano que no es ya cuerpo diferenciado, sino tierra: El sacrificio, la idea de un autor será esa ‘diosa frágil’.

9. Xue Tao
"Las ramas se encuentran con los pájaros 
que se posan sobre ellas,
vienen del norte y del sur 
las hojas se mecen con cada compás del viento".

El pájaro y la letra se confunden en la rama-texto; una hoja caída regresando a la rama: el pájaro. El habla aletea letra desde la rama, se eleva pájaro y se confunde en el laberinto texto de las copas de los árboles; texto laberinto, texto Odisea, huella de Penélope. Naturaleza e Historia como extremos diluidos incorporados al texto, en principio cual arista, convergencia de dos planos diversos (el de los pájaros, el de las letras) pero luego cual hojas sumisas al tiempo o rebeldes al viento; sonidos y silencios llenando de sentido el universo superficie agujereada.

10. Heces
"Esta tarde llueve, como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.
Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.
Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su “¡No seas así!”
Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.
Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este búho, con este corazón.
Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.
Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!" 
                            (César Vallejo. En: Los Heraldos Negros)

La ‘trilcesa’ de Vallejo, su ‘trulzura’; hasta la tristeza es geográfica: en unos es nihilista, en otros es dulce. La lluvia, el vivir, el corazón; la inquietud de lo femenino, sus recuerdos de caverna: flores violentas. Ese carácter pictórico que va adquiriendo la escritura en el discurrir de las estrofas. “Con este búho, con este corazón.” Y el carácter simbólico; en la escritura-texto-poesía hay los pájaros de las sombras, letras pájaro, no figuras, no seres: cualidades irreemplazables que se van perdiendo. Sin cualidad no hay criterio, la evaluación se torna inconsistente. “Con oleos quemantes el punto final” Un corazón sombrío, deambula hacia su jaula al ritmo de sílabas morosas, como sin ganas y en una tarde de sentimientos purísimos.

11. Li Po
"¡Que fascinante la flor del melocotón
arrastrada por la corriente del agua!" 

Un habla híper-regulado. Del hablar procede la regulación: en el hablar, ocurren la flor y su aroma. En el hablar huele a melocotón: el hablar es el río, el agua que fluye y fascina; sin ese fluir refrescante la voluptuosidad del melocotón sería mutismo.

12. Basho
"La dulce noche primaveral
Contemplando cerezos en flor
Ha llegado a su fin".

In-conclusión. Anochece. Hay que dormir.



Referencias
SEISHI: Haiku
Lozano, Orietta: Danza
Xue Tao: Poema sobre un árbol 
Vallejo, César: Heces
Matsuo Basho: Haiku 
Li Po: Conversación en la montaña
Heidegger. (El habla) En: De camino al habla. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1990.

miércoles, 20 de julio de 2016

Gravitación onírica

Ella despertó con cierta inquietud en el pecho. La mañana era fría y aunque necesitaba estar activa temprano en la mañana, no pudo resistir las ganas de seguir durmiendo; al poco tiempo soñaba.

Él la miraba desde la cornisa silenciosa de un edificio de colores y ella sentía esa mirada clavada en sus caderas. No sabía si lo disfrutaba o le despertaba temor. Sabía que era un sueño porque en la realidad ese mismo edificio no tenía colores. Entonces trataba de descifrar la razón de haberlo creado a él sobre la cornisa de aquel edificio. Ella sabía que él la amaba; recordaba el instante en que ese sentimiento se había sembrado en su fértil corazón salvaje, inexplorado, ignorado por las conquistadoras del mundo. Giró su cuerpo y sus oníricos pensamientos al doblar la esquina.

Ahora lo inventó al otro extremo de la calle; algo más de 300 metros al sur. Se preguntaba si los puntos cardinales de la ciudad en sus sueños eran equivalentes a los de la ciudad real. De cualquier modo, estaba segura de que los ojos de él eran idénticos aunque no miraran ya sus caderas. “No importa lo que sus ojos miren”, se decía a sí misma entre lo que pensaba en sus sueños, “todo lo que su corazón ve lo ve según la fuerza de mis caderas”. Él la presintió a lo lejos, se quitó el sombrero, sacó las gafas y las puso frente a sus ojos, sobre su nariz. Frunció el ceño para concentrar su mirada en las huellas que ella iba dejando en el polvo, sobre el asfalto.